16 años del Rococó Café
Manuel García Estrada (Córdoba, 1972)
Rococó en el Fin del Mundo.*
Para hablar de los inicios de Rococó Café hay que hablar del contexto previo. En enero del año 2010 llegué a la cafetería de Parque España y Juan de la Barrera y me gustó de entrada donde estaba ubicada, la cafetería aunque estaba bien cuidada en su imagen no era absolutamente nada cercano al estilo maximalista que esperaríamos de quien ostenta el nombre del barroco afrancesado.
Estaba el Rococó y estaba Aquiles pero como bien me comentó Abril Solís, no pasaba nada. No había conexión con los clientes, ni de los baristas -dos, uno en la mañana y uno en la tarde- ni del propio González Pereyra porque de hecho él no estaba ahí. Seguía trabajando en Etrusca Comercial.
Llegaba cada día a trabajar con mi laptop en la terraza del café, empecé a notar la visita de habituales y comencé, al estilo de Los Portales de Córdoba, a platicar con los clientes. De quien supe primero su nombre fue de Adrián García, un hombre de cabeza rapada y lentes pequeños que siempre trabajaba y bebía un Best Machiatto Doble -la creación de Aquiles muy superior al Flat White que considero una muy mala copia del Best- y se dedicaba, más alla de estar escribiendo en su computadora en el local, a dar masajes terapeúticos. Acabó de beber el café y le pregunté que si quería otro a lo que me respondió que sí. Me levanté y me dirigí al barista, del cual no recuerdo su nombre pero era oriundo de Huatusco, Veracruz. Recuerdo que le dije: Adrián quiere un Best y me respondió preguntando ¿quién es Adrián? y se develó la tragedia, no había comunidad alrededor de la cafetería.
Poco a poco comencé a aprenderme el nombre de los clientes y una mañana el barista sencillamente y sin avisar no llegó a abrir, ya era el mes de febrero, así que llamé a Aquiles y le dije lo que ocurría, él tenía llaves del local -obviamente- y me fui a buscarlas. Me las entregó, abrí el café, pensaba que con el poco tránsito de clientes en ese tiempo a lo mejor nadie me pdiría una bebida de máquina de espresso, yo solo había visto muchas veces como Aquiles la usaba pero jamás la había tocado.
Por allá de las 9:30 am vi que dirigía hacia el café Alexander, un joven austriaco muy guapo que tenía una maravillosa novia bellísima, Gina, que también iba a Rococó. Llegó a sentarse a la terraza y yo ya sabía que el tomaba capuchino, salí, saludé y le ofrecí lo de siempre, asintió y sonrió. A los clientes habituales les encanta que ya sepas lo que aman beber.
Jamás había hecho un espresso ni cremado leche, sin embargo me salió el café en 28 segundos, lo recuerdo muy bien, e introduje la lanceta en la jarra con el lácteo y quedó excelente, hice el vertido en la taza y después de servirlo me hice tonto quesque mirando el parque España pero de reojo veía la reacción de Alex. Lo bebió sin reparo, entonces le pregunté ¿todo bien? y me respondió que estaba muy bueno. En los días consecutivos los baristas decían que cremaba mejor que ellos. No sé si lo hacían por motivarme o porque de verdad estaba bien mi desempeño.
El 20 de febrero el trabajo en la cafetería seguía en aumento y Aquiles tuvo que tomar una decisión, seguir trabajando en una empresa que crecía sin parar o dejarla para ir a la pequeña barra de la Condesa a atender gente que cada día crecía como consumidores. Decidió apostar por Rococó. Yo me integraría de manera abrupta a la cafetería cuando vi que era rebasada la capacidad del local para entregar bebidas y alimentos, lavar loza, abrir, cerrar, barrer, trapear, sacudir, montar mesas en el exterior y demás. El 15 de marzo del 2010, ambos, Aquiles y yo, dejamos de hacer lo que hacíamos para iniciar los trabajos formales de lo que se convertiría en meses en «la mejor cafetería de la Condesa», «top 5 de mejores cafeterías de Ciudad de México», «el mejor lugar para una cita romántica», «el mejor café servido de la mano de los más mamones de la Condesa», «Cafetería digna de ser peregrinada en el mundo».
Poco a poco comenzaron a aparecer los helechos, plantas, pinturas, esculturas, manteletas, imagen organizacional, definición de proyecto y todo lo que fue estructurando al actual Rococó. Eran tiempos en donde Horacio Franco, Ivonne Guevara, Regina Orozco comenzaron a frecuentar la cafetería, se sumarían Daniel Camacho, Michel Rojkind, León Chiprout, Amandititita, León Larregui, Los Vega, Panteón Rococó, Jey de la Cueva, Mariana Garza, Julieta Venegas, Diego Luna, Indiana Castillo, Miriam Mabarak, Ernesto Lozano Rivero, Juan Torres, Paté de Fuá, Björk, Enrique Norten, Sarah Gore Reeves y una inmensa pléyade de artistas, fotógrafos, activistas, políticos, intelectuales.
La mejor cliente del Rococó era doña Lilia, una señora española que cada día llegaba al café entre 10 y 11 de la mañana por un cortado, en la carta su nombre es Best Machiatto sencillo. Le colocábamos un cenicero y bebía mientras platicaba con nosotros o leía, en ocasiones llegaba a verla al café su hijo o su marido que desde un par de horas antes ya estaban revisando cosas de trabajo cerca de ahí. Eran, los tres, vecinos justo de al lado del café. Actualmente su hijo Alejandro Pérez, que también es artista, tiene el restorán Juana la Loca a una cuadra y media del Parque España.
Durante la esquizofrenia PLANdémica del 2020 doña Lilia siguió yendo por su café, sin importar leyes y reglamentos -todos totalitarios por ese terror vendido a la gente de algo que sigue sin probarse en su existencia-. Llegaba al café, se le montaba su mesa y se le servía en cerámica su bebida, en cristal el agua, se le colocaba el cenicero y se hablaba con ella. Era la única que tenía esa posibilidad porque siempre fue la más leal de todos las clientes. Fue a la única persona que le dije que en junio 15 del 2020 estábamos cerrando en la Condesa. De nadie más me despedí. No estaban ese día.
Abrir en Córdoba, un 3 de septiembre, en 2021 fue el término de un impasse que sirvió para re definir, para re plantear, para volver a Ser. Esta vez un nuevo Rococó con Alex Rodríguez, con otra visión y otra manera de amar al café, esta vez no éramos solo dos, éramos 4 porque también cuentan «Roco» y «Franelita», más un universo de experiencias y recuerdos que sirven de motivación para ser mejores cada día.
Hoy el Rococó es el Banco Cultural del Café. estamos Alex y yo, pero también muchos clientes habituales que nos hacen sentir vivos y les estamos agradecidos. A todos.
También creció la manada, aparte del Roco y la Franis están Cálcifer, Mafalda, Neus, Chemex y Phoebe habitando sueños, esperanzas, entre árboles de aguacate y mango, entre muros antiguos, libros y arte. Entre fotos de los que estaban y haciendo espacio para los que llegarán a este pequeño café que sigue siendo hogar y Casa de Café.
Siguen viniendo artistas, intelectuales, políticos, y bueno, la gente a la que siempre ha llamado Rococó, a los libres que buscan el Bien, la Verdad y la Belleza.
- Este artículo forma parte de los escritos que hablan sobre distintos temas, personas, países en esta época que defino apocalíptica por el caos y los cambios de alto impacto en el mundo, empecé a escribirlos en el 2019 con «Jonás en el Fin del Mundo».
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