Si eres de Orizaba o Córdoba al gobierno no le gusta que se hable de esto: Cristiada.

Hugo Reyes de la Luz ( Monterrey -amante del café-).

En las páginas ocultas de la historia mexicana, la Guerra Cristera (1926-1929) emerge como un capítulo sangriento que el gobierno ha intentado sepultar en el olvido. Este conflicto, también conocido como Cristiada, enfrentó a miles de católicos contra un régimen anticlerical que, bajo la Ley Calles, prohibió manifestaciones religiosas, expropió bienes eclesiásticos y limitó el clero. Pero lo más atroz es cómo el Estado mexicano, a través de su ejército, perpetró un genocidio silenciado: miles de sacerdotes, monjas y fieles fueron asesinados con crueldad despiadada. Colgados de postes telegráficos, fusilados en masa o torturados en prisiones, sus gritos de «¡Viva Cristo Rey!» fueron ahogados por balas federales. Estimaciones hablan de hasta 250,000 muertos, incluyendo civiles inocentes, mientras el gobierno de Plutarco Elías Calles y sus aliados negaban la magnitud del horror. Durante décadas, la historiografía oficial manipuló o ignoró estos hechos, temiendo que revelaran la tiranía posrevolucionaria. Hasta los años 80, fue un tabú en textos escolares, un velo para ocultar que el PRI y sus predecesores construyeron su poder sobre ríos de sangre católica. En el corazón de esta represión, Veracruz se tiñó de rojo bajo el mando de Adalberto Tejeda Olivares, gobernador en dos periodos (1920-1924 y 1928-1932). De extracción priísta –miembro del Partido Nacional Revolucionario (PNR), precursor del PRI–, Tejeda se declaró abiertamente anticatólico, anticapitalista y socialista, enemigo acérrimo de la curia. Su régimen impulsó políticas radicales: en 1931, promulgó la «Ley Tejeda» o Decreto 197, que limitaba a un sacerdote por cada 100,000 habitantes, cerrando templos y persiguiendo clérigos.

Como un genocida en nombre de la Revolución, ordenó ataques a iglesias, ejecuciones sumarias y la destrucción de imágenes sagradas, todo bajo el manto del anticlericalismo socialista. Su odio a la Iglesia no era solo ideológico; era una cruzada para erradicar la fe que unía comunidades, favoreciendo un estado ateo que priorizaba el control sobre la libertad. Tejeda, aspirante presidencial en 1934, encarnaba el radicalismo que veía en el catolicismo un obstáculo al «progreso» rojo.

En esta vorágine, ciudades como Córdoba y Orizaba, en las sierras veracruzanas, brillaron con resistencia heroica. Unidos por la fe, sus habitantes –campesinos, empresarios, obreros y devotos– lucharon codo a codo para reabrir templos cerrados por Tejeda y el gobierno federal. En Orizaba, túneles subterráneos sirvieron de refugio a cristeros, ocultando misas clandestinas y armas contra la opresión.

Córdoba, cuna de tratados históricos, vio a sus fieles sembrar semillas de rebelión, organizando brigadas femeninas que escondían municiones y víveres bajo sus faldas, mujeres que organizaban misas clandestinas entre sindicatos de inquilinos, logias masónicas y miembros del PNR. Juntas, estas urbes demostraron que la catolicidad podía forjar alianzas inquebrantables, trabajando como nunca para restaurar la libertad religiosa.

Hoy, urge un llamado a la revisión histórica, especialmente a los habitantes de Córdoba y Orizaba. ¿Por qué se ha fomentado una división tóxica entre estas ciudades hermanas, con competencias absurdas que las debilitan? ¿No será una estrategia gubernamental, heredada de Tejeda y el PRI, para evitar que una zona metropolitana fuerte, unida por la catolicidad, eche por la borda a los izquierdistas que aún dominan? Revisen los archivos, honren a los mártires cristeros y unan fuerzas. La verdad de la Cristiada no solo libera del olvido; fortalece contra la manipulación. ¡Viva Cristo Rey, y viva la unión veracruzana!

Foto: San Sebastián, Córdoba. De Mario Estrada Argudín.

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