Más que un recuerdo.
Sandra Gallardo (Grandes Montañas de Veracruz)*
El café está en todos los rincones de mis recuerdos, en los pliegues del pasado, un pasado que reverdece cuando lo convoco; «Es un estoy aquí» mas no, desde la aromática y excitante esencia, difundida desde una cafetera o desde el humeante líquido de sabor amargo que invade el olfato. Ése, no es mi recuerdo, mi recuerdo está plagado de nostalgias, tejido en mi tiempo, entre rostros, voces y extensos cafetales que bordaban los altiplanos y las laderas de los cerros tapizados de blancos azahares, que como un tálamo nupcial subyugaba los sentidos con su exquisita fragancia.
Tiempo después, comenzaba la cosecha; los frutos rojos, en sazón, listos para el corte: hombres y mujeres con sus «tenates» * de palma atados al cinto, esperando las órdenes.
A su lado, una niña con párvula inocencia, observando con admiración el rojo púrpura del café cereza, que pródigo sobresalía de entre las enramadas de múltiples verdes; mujeres y hombres que desgranaban con destreza los frutos apiñados entre las brillantes hojas de las incontables matas, de tallos veteados, que se erguían orgullosas.
Yo, una mariposa fugada de su crisálida, liberada solo en vacaciones, jugando con la libertad que tanto amaba. Mi deseo más grande era huir de la ciudad, llegar al rancho, olvidar las altas paredes y las rejas del colegio, olvidar las tobilleras, los zapatos, subir a los árboles, nadar en el río, explorar, correr. «Como chiva loca» decía mi madre con enojo. Los cafetales no eran la excepción, llamaban mi atención su ramas cubiertas de coloridos granos que se ofrecían con elocuencia, me embelesaba la idea de cortarlos, de sentirlos entre mis dedos. Cosecharlos como lo hacían los cortadores.
Entusiasmada por la aparente facilidad, con la que las manos diestras de hombres y mujeres cortaban el enmelado grano, yo me empeñaba en hacerlo también: Contra toda orden, corría bajo la enramada, con un tenatito atado a mi cintura y escogía las ramas más llenas, las que tenían más frutos, pensando que así sería fácil llenarlo. ¡Oh desilusión! mis pequeños dedos adoloridos por el esfuerzo de arrancar el grano y el frío rocío que se desprendía de las ramas, en mi intento por cortar algunos, me hacían retroceder y gritarle a mi madre, buscando su protección. «Por metiche» decía ella, esperando que con éso, concluyera mi diversión. «Tu padre que te consiente en todo, ¡vámonos a casa! ¿Creés que cortar café es fácil? Esas personas trabajan por necesidad, no están aquí jugando, como tú». Desalentada, caminaba hacia fuera de los cafetales, mas debo confesar, que hacía que no veía, cuando algún cortador echaba en mi tenatito algunos puños de café, por lo que, feliz, casi siempre lo llevaba medio lleno.
Al llegar a casa, me formaba en fila con los cortadores para que lo pesaran y me pagaran como a todos los trabajadores, lo que seguramente hacían para que dejara de «molestar».
Pero ahí no terminaba mi molesta intervención. Entrar al lugar de las despulpadoras, era otra de mis diversiones, ahí donde los granos rojos del café eran desnudados de su piel, era lo máximo.
«Ya vienes a fregar» decía otro de mis hermanos, menos tolerante que el primero.
A mí no me importaba lo que decía, yo seguía ahí, mirando la molienda, en algún momento me escabullía hasta las «montañas» digo montañas, así las veía, donde los rojos granos parecían esperarme.
En un descuido de los grandes, subía sobre las alfombras rojas, para dar saltos y hundir mis pies descalzos entre los azucarados granos, mi alegría era indescriptible. No quiero decir lo que me decían, mas nunca fue suficiente para dejar de ir y repetir mi tan amado juego.
Además, era sorprendente ver la separación de la cascarilla que caía, casi libre de granos sobre un espacio, mientras por otro lado de la despulpadora, los granos enteros y sanos aún enmelados, caían en contenedores de madera para su fermentación. Al día siguiente, por medio del lavado, se retiraba todo residuo de miel e impurezas de los granos, para más tarde, extenderlos con rastrillos sobre los grandes asoleaderos para su secado; después de algunos días de ser expuestos al sol, con un sonido muy peculiar, los granos estaban listos, lo llamaban café pergamino, el grano, ahora tenía cubierta de un color casi beige.
Totalmente seco, era llevado a los morteros para ser majado; ya libre de la segunda cáscara, era denominado café oro; su color era muy difícil de definir; libre de residuos por medio del soplado, era llevado al tostado, las mujeres lo hacían en comales de barro, a fuego muy lento, hasta encontrar el punto exacto; algunas veces le agregaban azúcar, otras no.
Su aroma era penetrante, entre café y caramelo, se extendía por todos los patios, en el vientecillo de la tarde; era un placer que animaba mis juegos al aire libre: la cuerda, los encantados, las cebollas, etc; eran mis juegos favoritos.
El café ya tostado era llevado a los molinos de mano, que lo convertían en polvo café oscuro, inigualable en su sabor y aroma. Por último, la rezuma inconfundible que venía de la gran olla de barro, que hervía sobre la hornilla del fogón, donde el café quedaba listo para ser servido, o de la pequeña cafetera de cristal, donde se destilaba gota a gota el café de greca, que mimadre preparaba para el desayuno, néctar que era vertido en grandes tazas con leche pura, de vacas seleccionadas, tazas, dispuestas sobre sus platos, que sobre el blanco mantel de encaje, tan almidonado que me hacía bajar los codos, sin decir nada, era una invitación sin palabras.
Hoy, solo es, rústico pasado,
que nada tiene que ver con la modernidad.
Entonces, el café era un lazo de amor y unión familiar.
Amor a la tierra, amor a la vida.
Sandra Gallardo vive en Córdoba, es de origen oaxaqueño. Es escritora y extraordinaria poeta. Autora de 7 libros y de más de 60 antologías. Miembro de la Academia de Poesía de la Ciudad de México. A.C. Presidente de la Academia Nacional e Internacional de Poesía de la SMGE: Sede Córdoba, Veracruz, México. Es Presidente de Escritores del Golfo de México. A.C. Titular del taller de creación literaria de la Casa de Cultura “Jorge Cuesta”, Córdoba, Veracruz, México.
*Cesta artesanal tradicional de México tejidas con fibra de palma o tule. Del náhuatl tanahtli.

