El lobby trans engulló al movimiento LGB que hoy toma distancia.
Manuel García Estrada
«Las sociedades que abandonan el pensamiento crítico
terminan sustituyendo la razón por consignas.»
Ikram Antaki.
La cruda realidad.
Este mes se habla del orgullo pero la realidad es que desde que los políticos de la 2030 se agenciaron la temática homosexual y bisexual todo se volvió una locura. Nunca antes el odio por las minorías que habían alcanzado enormes logros se vio tan atizado como ahora, son los globalistas y los socialistas anti católicos y anti capitalistas que han sembrado un odio violento y fragmentador en una sociedad agobiada por una brutal dosminución de nivel educativo y del IQ.
Actualmente el odio a llegado a tal grado que escuchar un tipo de música condena a ciertos sectores ha ser discriminados cuando antes lo común en las discotecas de cientos de ciudades en Occidente era la convivencia de todos. El arribo de la narrativa victimista se ha traído a tal grado que dentro de la misma comunidad homosexual se han desconocido a la generalidad trans y por supuesto que también se han separado de la absurda ideología de que lo gay debe verse, eso es una decisión estrictamente personal y no es una moda, es un estilo de vida, los gay convencionales siguen pasando inadvertidos y de hecho reivindican más la masculinidad que los heterosexuales. El caos se desató para la corrupción y el totalitarismo, de hecho es Occidente donde más se avanzó en los derecho homosexuales en defensa de su integridad para evitar la disciminación y el despojo, razón profunda por la cual se peleó por el matrimonio entre personas del mismo sexo. Esa vereda social en el camino de los pueblos se ha adaptado tanto de manera natural que solo se ve amenazada por los grupos marxistas LGBTQ+ que buscan, desde el socialismo y el ateísmo, abolir a la familia. Algo que no es apoyado por todos los gay.
Hoy cuando el conservadurismo aumenta en las naciones occidentales los homosexuales con pensamiento crítico y sin victimizarse se han volcado en apoyo de los candidatos que buscan la paz social a través del orden y la libertad porque el capitalismo y la Iglesia no tienen problema con los homosexuales porque sus actividad y gusto sexual es propio de cada persona, en el caso católico es mejor el trato que se les da a los gay porque aunque no se les admite matrimonio se les hace asumir las responsabilidades del pecado en su práxis, que es un tanto ridícula porque la propia Institución Eclesiástica ha integrado a homosexuales desde su fundación motivo por lo cual en tiempos post Concilio Vaticano II Roma tuvo que contener a sus miembros más beligerantes para que dejaran de perseguir homosexuales, no es igual entre las iglesias protestantes que mantienen el racismo, la homofobia y la discriminación como una manera de hacer justicia por sus propias manos como si su ignorancia, carencia de empatía y ética como en los tiempos de la persecusión de brujas o genocidio de indios americanos.
Hoy el conservadurismo católico está confrontado con los cristianos sionistas que bendicen las matanzas en Gaza, África o la persecusión de Nicaragüa. Los gay convencionales, los integracionistas, no votarán por los zurdos que los obligan a odiar y por consecuencia a ser odiados. Hoy otra vez ser hombre gay reivindica lo varonil sin show ni actuaciones vulgares y corientes que desacreditan a cualquier ser humano, sea víctima de sus emociones homosexuales, heterosexuales o bisexuales, lo demás es disforia.
La retórica aprobada para no ofender a los idiotas.
Junio vuelve a llenarse de banderas, consignas y discursos sobre el orgullo. Sin embargo, detrás de la celebración existe una realidad incómoda que cada vez más homosexuales y bisexuales se atreven a expresar: el movimiento que durante décadas luchó por la igualdad jurídica y la integración social ha sido desplazado por una agenda identitaria que ha terminado por fragmentarlo.
Durante la segunda mitad del siglo XX y los primeros años del XXI, la reivindicación homosexual en Occidente tuvo objetivos concretos: acabar con la discriminación legal, proteger la dignidad de las personas y garantizar derechos civiles básicos. El reconocimiento de las uniones entre personas del mismo sexo fue la culminación de una batalla por la igualdad ante la ley, no por la transformación radical de la sociedad.
Como señaló Carlos Monsiváis, la normalización de la homosexualidad fue un proceso de incorporación gradual a la ciudadanía y a la vida pública. La meta era convivir, no dividir. Durante años, las discotecas, los espacios culturales y las grandes ciudades occidentales demostraron que personas de distintas ideologías, religiones y orientaciones podían compartir espacios sin convertir sus diferencias en trincheras políticas.
Sin embargo, en las últimas décadas surgió una nueva narrativa basada en la fragmentación identitaria y el victimismo permanente. La orientación sexual dejó de ser un aspecto de la vida privada para convertirse en una bandera ideológica. En ese contexto, el lobby trans terminó absorbiendo al antiguo movimiento LGB, desplazando sus demandas históricas y sustituyéndolas por una agenda cada vez más radical y confrontativa.
Agustín Laje ha advertido que las políticas identitarias tienden a dividir a la sociedad en grupos enfrentados que compiten por reconocimiento y privilegios simbólicos. El resultado ha sido paradójico: mientras más se politiza la identidad, mayor es la polarización social. El aumento de las tensiones culturales en numerosas democracias occidentales es una muestra de ello.
A esta situación se suma una profunda crisis educativa. Ikram Antaki alertó durante años sobre el abandono del pensamiento crítico y la sustitución de la reflexión por consignas. Hoy observamos cómo cualquier discrepancia es etiquetada como odio y cómo la discusión racional es reemplazada por campañas de cancelación y presión ideológica.
Muchos homosexuales han comenzado a distanciarse de esta dinámica. No se identifican con espectáculos estridentes ni con discursos revolucionarios. Consideran que ser gay no es una moda ni una ideología, sino una condición personal que no requiere exhibición permanente ni militancia obligatoria. Reivindican la libertad individual, la responsabilidad personal y la convivencia social por encima de la confrontación.
Por ello resulta cada vez más frecuente encontrar homosexuales que apoyan proyectos políticos conservadores, liberales o centristas. No porque renuncien a sus derechos, sino porque consideran que el orden institucional, la libertad económica y la estabilidad social ofrecen mejores garantías para la convivencia que las utopías ideológicas.
La gran paradoja de nuestro tiempo es que las conquistas alcanzadas por generaciones de homosexuales integracionistas hoy parecen amenazadas no sólo por sectores tradicionalmente hostiles, sino también por quienes pretenden hablar en su nombre. El futuro de la comunidad LGB dependerá de recuperar el espíritu que hizo posible sus mayores avances: la búsqueda de igualdad, dignidad y libertad dentro de una sociedad plural, sin dogmas, sin victimismos permanentes y sin nuevas formas de sectarismo.
Foto tomada del periódico Reforma.

