El Día D y el 3 de enero de 2026: dos quiebres que desmantelan el orden fallido

Manuel García Estrada

Lo que va a pasar ya está sucediendo.

El 3 de enero el mundo enteró se cimbró, la captura de Maduro fue el inicio de una operación sin precedentes contemporáneos, apenas nos recuerda al desembarco de Normandía porque el cambio de rumbo de la humanidad es evidente.  Está muriendo un orden de 80 años liquidando a la ONU y todas sus organizaciones parasitarias que se dedicaron a crear una burocracia global capaz de inventar lo que fuera para sostener jugosos salarios y privilegios. Ese modelo de gobierno mundial es lo que está muriendo frente a nosotros.

El 6 de junio de 1944, las fuerzas aliadas irrumpieron en Normandía. El Día D no fue un acto de heroísmo romántico: fue el golpe militar que liquidó el orden nazi en Europa occidental. La Liga de las Naciones, creada para evitar guerras, había fracasado estrepitosamente: no impidió el rearme alemán, ni la anexión de Austria, ni la invasión de Polonia. Su inoperancia fue total porque sus miembros priorizaron intereses nacionales sobre cualquier mecanismo coercitivo real.
Exactamente lo mismo ocurrió con la ONU en Venezuela. Durante décadas, resoluciones, sanciones y declaraciones condenatorias no detuvieron ni el narcotráfico de Estado, ni la destrucción institucional, ni la crisis humanitaria que expulsó a ocho millones de personas. La Carta de las Naciones Unidas, como el Pacto de la Sociedad de Naciones, resultó papel mojado ante regímenes que controlaban votos en el Consejo de Derechos Humanos y petróleo para comprar silencios. El 3 de enero de 2026, a las 02:01 hora local en Caracas, la operación estadounidense “Determinación Absoluta” capturó a Nicolás Maduro y a su esposa. Un golpe quirúrgico, sin bajas estadounidenses, que extrajo al dictador de su búnker en Fuerte Tiuna y lo trasladó a Nueva York para enfrentar cargos federales. Ese día el orden chavista colapsó. No por voluntad popular ni por “transición negociada”: por fuerza superior aplicada con precisión.
Ambos eventos cambiaron el rumbo del orden precedente porque demostraron que las instituciones multilaterales débiles solo perpetúan el statu quo cuando los beneficiarios del mismo controlan las reglas. La Liga no frenó a Hitler; la ONU no frenó a Maduro. En ambos casos, la acción unilateral —aliados en 1944, Estados Unidos en 2026— impuso el cambio que la burocracia internacional jamás pudo. Una burocracia que rayaba en la autocracia que además buscaba imponer modelos ideológicos destructivos que generaban consecuencias que justificaban la existencia de puestos bien remunerados pero basados en el odio mismo a las personas.
La resistencia actual no nace de convicciones profundas, sino de intereses concretos. Quienes lloran la “soberanía violada” o la “injerencia imperial” son los mismos que vivieron del modelo anterior: élites chavistas, militares con contratos de PDVSA, intermediarios de importaciones ficticias, intelectuales rentados y gobiernos regionales que traficaban con el desastre venezolano, de hecho, como se ha demostrado en el caso de México: lloran los financiados por el NarcoGobierno Chavista. No defienden ideas; defienden poder, dinero, influencia y privilegios. Cuando pierden el botín, invocan principios. Es mecánica, no ideología. Lo mismo ocurrió en 1945 con los colaboradores nazis que, despojados de sus cargos y fortunas, denunciaron la “barbarie aliada”. 
Este quiebre coincide con una revolución tecnológica equiparable a la industrial del siglo XIX. Grupos financieros internacionales —fondos soberanos, bancos de inversión globales y consorcios como los que articulan el Foro Económico Mundial y los grandes gestores de activos— determinan el tablero. No por conspiración, sino por cálculo racional: la IA, la automatización, la biotecnología y la energía de fusión requieren mercados unificados, reglas homogéneas y eliminación de regímenes que bloquean la productividad. Imponen reformas estructurales —privatización de hidrocarburos, apertura comercial, desregulación laboral— porque solo así la nueva tecnología se escala globalmente y genera retornos. Venezuela es el laboratorio: su petróleo pasa a control efectivo externo; sus instituciones se reestructuran para atraer capital que financie la transición digital.
Millones irán a la calle. Empleos públicos inflados, subsidios clientelares y proteccionismos obsoletos desaparecerán. La sociedad se había vuelto cómoda: instalada en un confort artificial que premiaba la falta de competitividad, la baja productividad y la ignorancia deliberada. Generaciones enteras crecieron creyendo que el Estado debía garantizar empleo de por vida, educación sin exigencia y consumo sin esfuerzo. Esa complacencia fue cultivada porque se mantenía el control político, en México el ejemplo claro es el gobierno emanado de la «Revolución» que a través de las armas y el genocidio generaron adoctrinamiento masivo y búsqueda de la destrucción de la identidad nacional a través del muralismo comunista, el elogio de los presidentes serviles, televisoras al servicio, como soldados, del régimen que identificamos claramente como PRI-Morena, su más reciente ejemplo es el terrible objetivo de destruir a los estudiantes a través de la «Nueva Escuela Mexicana» en donde pudimos observar como un sujeto llamado Marx Arriaga, con transtornos mentales y fanatismo equiparable al que padecieron los ciudadanos del régimen nazi vociferaba estupideces de locura cuando fue despedido, que conste que ni dentro de su propio partido-gobierno lo soportaban -ni entre ellos se quieren-.
Hoy el sistema productivo global exige eficiencia. Quien no se adapte, sobra. No es crueldad: es física económica. La revolución industrial también expulsó a millones de campesinos a las fábricas; los que se resistieron quedaron atrás. La actual no será distinta.El 3 de enero de 2026, como el 6 de junio de 1944, marca el fin de una era de instituciones impotentes y modelos extractivos. El llanto de los desplazados del poder es previsible y estéril. La historia no avanza por consenso: avanza por fuerza cuando las estructuras fallidas ya no pueden sostenerse. El nuevo orden tecnológico se impondrá. Los que se aferren al viejo solo retrasarán su propia irrelevancia.

 

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