México y España, donde los que nos liberarían de la corrupción salieron PEORES.
Juan Antonio Clériga Gancedo (Asturias, maestro de educación secundaria)
Desde hace años no solo he viajado a México, sino que me he adentrado en su historia y en su proceso de desarrollo, y he observado que, al igual que en España, la corrupción avanza de manera asombrosa. ¿Cómo es posible que los gobiernos de México y de España hayan llegado a ser tan corruptos, cínicos e impunes?
Mucho tiene que ver la educación que recibimos. El desquiciamiento del individuo comienza, en buena medida, en las aulas, con manuales que parecen empeñados en inculcarnos una culpa perpetua por los males del presente, como si fuéramos responsables directos de los pecados de nuestros antepasados. Existe, sin duda, una suerte de leyenda negra que nos empuja a sentir que no merecemos aspirar a lo mejor. Da la impresión de que se nos enseña a desconfiar unos de otros, a no soportarnos, en lugar de reconocernos como individuos libres capaces de colaborar y construir juntos.
Resulta difícil de comprender que, tras siglos de extraordinario florecimiento en la filosofía, la economía, la teología, las matemáticas, la literatura y las artes en general, ahora debamos enfrentarnos por identidades regionales: odiar al vasco por ser vasco, al catalán por ser catalán, al oaxaqueño o al poblano por el mero hecho de serlo. Francamente, es una deriva absurda.
Tengo la sensación de que tanto a mexicanos como a españoles nos están tomando el pelo quienes se presentan como defensores de nuestros países. Por un lado, proliferan negocios amparados en el llamado “cambio climático”, con proyectos que transforman paisajes enteros en parques eólicos bajo la bandera de las energías limpias, mientras se mueven cuantiosas inversiones. Por otro, en México asistimos al fenómeno del llamado huachicol fiscal, que supone un serio lastre para la economía formal.
Observo asimismo que en ambos países, gobernados por formaciones socialistas, la corrupción no disminuye, sino que se expande, a veces entrelazada con tramas vinculadas al narcotráfico, al negocio inmobiliario o incluso a economías informales que operan a plena vista.
Los perfiles más cuestionables suelen identificarse con facilidad: se llenan la boca con agendas globalistas —como la denominada 2030— y, sin embargo, convierten esos discursos en oportunidad de negocio y en instrumento de control basado en el miedo.
¿Qué nos ha ocurrido? ¿Cómo hemos llegado a normalizar que se deterioren nuestras economías y se malgasten nuestros recursos mientras quienes gestionan lo público viven con holgura a costa del contribuyente? Son preguntas incómodas, pero necDesde hace años no solo he viajado a México, sino que me he adentrado en su historia y en su proceso de desarrollo, y he observado que, al igual que en España, la corrupción avanza de manera asombrosa. ¿Cómo es posible que los gobiernos de México y de España hayan llegado a ser tan corruptos, cínicos e impunes?
Mucho tiene que ver la educación que recibimos. El desquiciamiento del individuo comienza, en buena medida, en las aulas, con manuales que parecen empeñados en inculcarnos una culpa perpetua por los males del presente, como si fuéramos responsables directos de los pecados de nuestros antepasados. Existe, sin duda, una suerte de leyenda negra que nos empuja a sentir que no merecemos aspirar a lo mejor. Da la impresión de que se nos enseña a desconfiar unos de otros, a no soportarnos, en lugar de reconocernos como individuos libres capaces de colaborar y construir juntos.
Resulta difícil de comprender que, tras siglos de extraordinario florecimiento en la filosofía, la economía, la teología, las matemáticas, la literatura y las artes en general, ahora debamos enfrentarnos por identidades regionales: odiar al vasco por ser vasco, al catalán por ser catalán, al oaxaqueño o al poblano por el mero hecho de serlo. Francamente, es una deriva absurda.
Tengo la sensación de que tanto a mexicanos como a españoles nos están tomando el pelo quienes se presentan como defensores de nuestros países. Por un lado, proliferan negocios amparados en el llamado “cambio climático”, con proyectos que transforman paisajes enteros en parques eólicos bajo la bandera de las energías limpias, mientras se mueven cuantiosas inversiones. Por otro, en México asistimos al fenómeno del llamado huachicol fiscal, que supone un serio lastre para la economía formal.
Observo asimismo que en ambos países, gobernados por formaciones socialistas, la corrupción no disminuye, sino que se expande, a veces entrelazada con tramas vinculadas al narcotráfico, al negocio inmobiliario o incluso a economías informales que operan a plena vista.
Los perfiles más cuestionables suelen identificarse con facilidad: se llenan la boca con agendas globalistas —como la denominada 2030— y, sin embargo, convierten esos discursos en oportunidad de negocio y en instrumento de control basado en el miedo.
¿Qué nos ha ocurrido? ¿Cómo hemos llegado a normalizar que se deterioren nuestras economías y se malgasten nuestros recursos mientras quienes gestionan lo público viven con holgura a costa del contribuyente? Son preguntas incómodas, pero necesarias. Tal vez haya llegado el momento de formularlas en serio y exigir respuestas claras.

