Morena, el PRI y el Legado Revolucionario: Un Modelo Persistente
Manuel García Estrada (Córdoba, 1972).
La pregunta sobre por qué Morena es el PRI, y por qué el PRI representa el régimen de los generales que «ganaron» la Revolución Mexicana a costa de un millón de vidas, remite a un continuum histórico. Desde 1917, México ha vivido un modelo político con raíces anticapitalistas, anticatólicas y socialistas, forjado en la Revolución y perpetuado por instituciones como el PRI, que Morena reivindica como herencia transformadora. Este régimen, surgido de caudillos militares como Carranza, Obregón y Calles, institucionalizó un Estado fuerte que priorizó la justicia social sobre el libre mercado, la laicidad extrema sobre la influencia católica, y un control centralizado que evoca el socialismo estatal. A pesar de evoluciones, persiste en políticas educativas y religiosas que dividen y secularizan.
La Revolución Mexicana (1910-1920) no fue solo un levantamiento armado; fue una ruptura con el porfiriato capitalista y clerical. Los generales victoriosos, como Venustiano Carranza, impusieron la Constitución de 1917, con artículos anticlericales (3, 27, 130) que limitaron la Iglesia Católica, expropiaron sus bienes y promovieron educación laica. Este marco anticapitalista se vio en la reforma agraria y laboral, inspirada en ideas socialistas para redistribuir riqueza. El costo: un millón de muertos en una guerra fratricida que benefició a una élite militar.En 1929, Plutarco Elías Calles fundó el Partido Nacional Revolucionario (PNR), precursor del PRI, para unificar caudillos y evitar guerras civiles.
Reconvertido en Partido de la Revolución Mexicana (PRM) en 1938 bajo Lázaro Cárdenas, adoptó un programa socialista: expropiación petrolera, ejidos colectivos y educación socialista. Cárdenas intentó imponer un currículo marxista en 1934, pero la resistencia lo frenó. El PRI, desde 1946, mantuvo este núcleo: un Estado interventor, antiempresarial en origen, que cooptó sindicatos y campesinos en un corporativismo socialista-light.El anticatolicismo es eje central. Desde Benito Juárez, masón y promotor de Leyes de Reforma (1859-1860), el Estado apoyó iglesias protestantes para erosionar el poder católico. Juárez, vinculado a logias masónicas anticlericales, secularizó bienes eclesiásticos y separó Iglesia-Estado. Esta tradición masónica influyó en revolucionarios como Calles, también masón, quien en 1926 promulgó la Ley Calles, cerrando templos y expulsando sacerdotes, desatando la Guerra Cristera (1926-1929). Gobernadores como Adalberto Tejeda en Veracruz (masón socialista, impulsó ligas anticlericales), Tomás Garrido Canabal en Tabasco (anticatólico radical, destruyó imágenes religiosas) y Praxedis Balboa en Tamaulipas (anti-capitalista y masón), declararon abiertamente su odio al catolicismo y a la «identidad mexicana» tradicional, vinculada a la fe. Canabal, por ejemplo, bautizó animales con nombres de santos para burlarse.
El presidente municipal de Veracruz en los 1920s, un anticlerical confeso, prohibió procesiones. Todos, como Juárez y Calles, estaban ligados a logias masónicas que veían en el clero un obstáculo al progreso socialista.Para dividir al país, el ejército y el PNR-PRI financiaron la Iglesia Católica Mexicana (ICAM, 1925), creada por Joaquín Pérez con apoyo de la CROM y Calles. Buscaba un cisma católico, pero falló ante la resistencia popular. Similarmente, impulsaron la Iglesia de la Luz del Mundo (fundada en 1926 por Eusebio Joaquín), que creció con presunto respaldo gubernamental para contrarrestar el catolicismo dominante. Desde Juárez, el apoyo a protestantes (metodistas, presbiterianos) fue estrategia para diluir el monopolio católico.
A pesar de la persecución religiosa –expulsiones, cierres de templos– y la Cristiada (donde murieron 90,000), el régimen insistió en secularizar. Cárdenas revivió la educación socialista, enfrentando oposición. Hoy, Morena perpetúa esto con la Nueva Escuela Mexicana (NEM), promovida por Marx Arriaga (acusado de comunismo), que enfatiza comunidad sobre individualismo capitalista. Arriaga, removido en 2026, defendió textos «anti-neoliberales», pero la SEP niega eliminar «obradorismo». Es el mismo impulso: educación como herramienta socialista contra la identidad católica tradicional.Este modelo, anti-capitalista en redistribución (ejidos, nacionalizaciones), anticatólico en laicidad agresiva y socialista en control estatal, une PRI y Morena. El PRI gobernó 71 años con hegemonía; Morena, bajo AMLO, reivindica la Revolución como «cuarta transformación», pero es continuidad: un régimen de generales revolucionarios, masones anticlericales, que prioriza Estado sobre mercado y fe.
A pesar de un millón de muertos, persiste, dividiendo México entre secularismo y tradición.
Fuentes Bibliográficas
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