El sello “Empresa Socialmente Responsable”: ¿Bien disfrazado o amenaza para la excelencia?
Jimena López Cruz, CdMx
En el mundo empresarial actual, el sello de “Empresa Socialmente Responsable” (ESR) se ha expandido como un fenómeno que muchos ven con preocupación. En lugar de premiar la calidad, la innovación y la eficiencia, este tipo de certificaciones y prácticas parecidas priorizan agendas ideológicas de diversidad, equidad e inclusión (DEI), protección ambiental y otros criterios sociales. El resultado, según críticos, es un proceso de mediocratización: se premia más el cumplimiento de lineamientos ideológicos que la capacidad real de las personas y las empresas.
Este enfoque no es exclusivo de un país. Organizaciones globales impulsan estos estándares y premian a las compañías que se alinean, incluso si eso significa sacrificar el desempeño. En el sector del café en México, esta tendencia es particularmente visible. Axel Kaiser, en sus análisis sobre igualdad y meritocracia, ha señalado cómo estas políticas disfrazan de “bien” prácticas que no necesariamente generan excelencia ni desarrollo económico real.
¿Qué prioriza realmente el ESR?
El sello ESR busca promover diversidad, inclusión, equidad de género y cuidado ambiental. Suena noble, pero en la práctica muchas veces desplaza criterios de mérito. Se contrata o asciende por cuotas (de género, etnia o color) en lugar de por competencias. Esto puede poner en riesgo la salud económica de las empresas, porque líderes menos preparados asumen roles clave. Como ocurre en el arte contemporáneo, donde a veces se justifican obras mediocres con discursos profundos, en los negocios se justifican malos resultados con “buenas intenciones” sociales.
El discurso de DEI parece atractivo para políticos y medios, pero en la cadena de valor del café genera problemas concretos: menos competitividad y más burocracia.
El caso del café mexicano
La industria del café en México tiene una historia rica. Nació en el mestizaje novohispano, se desarrolló gracias al trabajo de dueños de fincas y productores comprometidos, y enfrentó graves dificultades por políticas socialistas y ejidales del siglo XX. Estas medidas, junto con controles de precios y dependencia de trasnacionales, limitaron el desarrollo de los caficultores. Hoy, nuevas “ovejas” (iniciativas que parecen buenas) actúan como lobos: organizan eventos exclusivos para mujeres o indígenas, generando discriminación inversa en una industria mestiza por naturaleza.
El particular debate sobre México es muy interesante ya que el café desde su arribo en 1795 ha estado siendo plantado, cosechado o vendido por hombres y mujeres mestizos y se demuestra a través de casos como el de la lideresa de desmanchadoras conocida como «La Negra Moya» , a mediados del siglo XX , que no hay absolutamente ninguna deuda histórica con el género femenino ya que aquella mujer tenía la fuerza para detener barcos en el puerto de Veracruz cargados de café; otro caso documentado de la misma zona veracruzana se encuentra en los archivos de Córdoba o Huatusco donde mujeres se encargaban de Fincas desde el siglo XVII, es decir, desde antes que llegara la planta del aromático.
En el siglo XX hay mujeres como Esperanza Sánchez Rocha que se hacía cargo de la comercialización del grano robusta en la región de Cosolapa, Oaxaca o más reciéntemente el caso de Patricia Figueroa Juárez introductora del término «barista» en Orizaba, Fortín y Córdoba a principios del siglo XX que instaló cafeterías en distintos lugares privilegiando la calidad.
Estas relatorías, por ejemplo, desbaratan los discursos de la DEI como si fuera algo novedoso ver a las mujeres con poder y responsbailidades de primer nivel y con ello las organizaciones victimistas de mujeres en el ramo de caficultura hacen del drama un buen negocio pero no se sostienen frente a los hechos.
Organizaciones no gubernamentales, muchas financiadas desde el exterior, impulsan estas ideologías hablando incluso de «gobernanza mundial». Promueven narrativas que priorizan lo social sobre la calidad del grano, la productividad y la sostenibilidad económica real. Mientras tanto, el café —que contiene cafeína y ayuda a la concentración— podría ser un buen pretexto para debatir estas ideas con claridad y sin mitos.
¿Es sostenible esta tendencia?
Fortalecer empresas significa contratar a las personas más aptas para cada puesto, sin importar cuotas. Solo así se genera empleo real, crecimiento y liderazgo en el mercado. Priorizar agendas ideológicas sobre mérito no es sostenible a largo plazo: reduce la innovación, afecta la rentabilidad y, en última instancia, perjudica a los mismos trabajadores y productores.
Empresas y sectores como el café necesitan volver a lo básico: excelencia operativa, calidad del producto y compromiso genuino con sus cadenas de valor. El sello ESR y prácticas similares deben revisarse con rigor. No se trata de rechazar la responsabilidad social, sino de evitar que se convierta en un cáncer que premie la mediocridad en nombre del “bien”, un «bien» definido por intereses de organizaciones con agendas políticas altamente destructivas de sociedades como ha quedado expuesto en los últimos dos años.
En el mundo del café hay que dejar de entretenernos con politiquería y pongámonos a trabajar por la excelencia y la calidad que el mercado está ansioso de consumir cosas buenas sin condimentos melodramáticos o discursos justicialistas que prosperan entre la gente poco preparada y sin criterio.
Eufrosina Moya.

Referencias bibliográficas:
- Kaiser, Axel. La tiranía de la igualdad. (Obras donde critica el igualitarismo forzado y defiende la meritocracia).
- Edmans, Alex. Estudios sobre ESG y desempeño financiero (análisis de evidencia empírica).
- Rhodes, Carl. Woke Capitalism: How Corporate Morality is Sabotaging Democracy (2022).
- Soukup, Steve. The Dictatorship of Woke Capital (2021).
- Artículos históricos sobre políticas cafetaleras en México (INMECAFE, ejidos y controles de precio).
- Critiques académicas y económicas sobre DEI en sectores productivos (American Sociological Review)
