ELLA Y SUS AFANES

Martha Lydia Vivanco

Ella carga su tristeza asida a la leña seca sobre su espalda, en el mecapal.
Ella rumia su tristeza en la tortilla que atesora huajes con sal.
Ella llora su tristeza cuando sus hijos están enfermos y sus brebajes no logran el alivio.

Esa tristeza se vuelve desesperación cuando las lluvias y el vendaval los dejan sin jacal
donde guarecerse.
Ella es fuerte y cree en Dios. Apenas amanece con afán recoge ramas que el viento
desgarró y cubre, como puede, nuevamente el nido.

Cuchillo en mano se encamina al monte en busca de nopales; llena el morral.
Ya en su choza, advierte a los escuincles que estarán solos, que no se alejen. Ella bajará al
pueblo por comida.

De camino, se entusiasma igual que La Lechera, imaginando lo que comprará con el
producto de la venta: __Hule bien retegrueso pa cubrir la vivienda y que no nos cale el frío,
frijol, y panela pa endulzar agua del río, que ya caliente, hace las veces de un té y rinde
arto. Ojala que me alcance pa grasitas de chicharrón y unas tortillas.

Al fin llega a las no menos frías calles del pueblo, escoge una banqueta para sentarse a
ofrecer su mercancía. De todo le pasa. Inesperadamente llega un hombre, quesque el
suelo tiene precio y debe de pagar. __¿Pero de dónde señor? ¡No ve que voy llegando y no
he vendido nada!
Después, el frío se lo aguanta, pero, ¿y el hambre?, su estomago comienza a reclamar un
alimento y aún no llegan compradores. De pronto, se le ilumina el rostro, abandona su
negocio, cruza con cuidado la calle y con vergüenza, ofrece a la empleada de la tortillería
dos nopales a cambio de dos tortillas; la joven desconfía, la mira, se conduele y acepta el
cambio.

Agradecida regresa a su puesto y engulle sus tacos, de nada, mientras pide a la
Guadalupana: __Madrecita que haiga buena venta.

Y al fin empieza a vender. Algunas personas le compran y se llevan sus nopales limpiecitos.
__¡Uff!, que bueno que esas buenas personas traigan morral. Piensa mientras se los da,
porque ella no tiene ni papel para entregárselos. Rápida con los cinco pesos entra a la
tienda y compra unas bolsas para que no le reclamen los clientes.
La gente sigue pasando a su lado y nadie se detiene a comprarle. Cerca se detiene un auto
bien rete bonito, se dice, y baja una señora muy compuesta que se ve adinerada; cuando
pasa a su lado, se detiene: __¿A cómo los nopales María?, __A cinco pesos los montoncitos
patrona. __¡Pero si no te cuestan nada mujer!, nada más es cortarlos. Dame dos
montones, pero te los pago a tres, y eso, por ayudarte.
__Ay patroncita, deme los cuatro tan siquiera.
__Ya te dije, a tres o no te compro nada.

Ella se mira las manos llenas de ajuates, pero recuerda el hambre de sus hijos y la falta
que hace el hule.
__Ta bien marchanta, se los pongo a tres, y ahí le va el suyo.

La señora elegante, satisfecha de su compra, se va pensando: ¡Yo si se como tratar con
estos indios!

 

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