La influencia de las lenguas. Tarde de café con Manuel García Estrada.
Betty Duplin
A los Uppies* de Toluca de 1987
Visité Rococó en Ciudad de México cuando viajé en un intercambio de mi escuela en Londres con la Universidad Lasalle. De entre los baristas y meseros siempre vi a un sujeto poco malencarado y con barba de profundos ojos verdes que cuando su mirada se cruzaba con la tuya de inmediato sonreía y parecía abrazarte hasta el alma, de ese señor hablaré en este artículo porque no se le ha dedicado a él en el mundo del café y las artes, de hecho el presente artículo se basa en uno que realicé como trabajo final en la escuela de sicología donde estaba matriculada.
Cuando vi a Manuel lo vi con una camisa negra y unos shorts -bermudas le llamaba él- de color gris de algodón, usaba unas zapatillas deportivas y todo ello dejaba ver unas enormes piernas, en particular grandes pantorrillas que me recordaban a algunos compañeros jugadores de rugby.
La camisa era de manga larga pero se la arremangaba hasta la altura del codo, se sentaba siempre en una mesa en el área de la acera afuera del Rococó Café. Siempre que me veía me saluda en inglés y procuraba pronunciar las palabras con acento británico. Comencé a platicar con él porque le cuestioné sobre su manera de hablar mi lengua, pensé que había estado en Inglaterra alguna vez pero me dijo que no, noté que a otros angloparlantes los saludaba con otro acento, me dijo que dependiendo de qué país eran sus clientes no solo les hablaba en su idioma sino que buscaba hablarles con acentos, así pues García Estrada, el referido en este artículo, dominaba el inglés británico y neoyorkino, algunas veces podía usar acento australiano. Combinaba ello con italiano de acento de la toscana, español como si viviera en Buenos Aires o del interior de Argentina, es decir, a veces decía «shama», en otras «iyama» y en otras llama. De llamar por teléfono por ejemplo. Podía hacer acento ibérico y además ibérico hablado por catalenes porque también gustaba del catalán. Recuerdo una tarde cuando me explicó cómo hacía cada acento, me di cuenta que además de trilingüe se fijaba en palabras claves de distintos pueblos.
La tarde en que me habló de los idiomas me comentó que el saber otras lenguas le habían ayudado en casos extraordinarios, hablaba inglés, francés, italiano, español; pero aprendió a rezar en árabe, cosa que le ayudó en París para no pagar un retraso en un hotel que lo condenaría a pagar otra noche. Me platicó que estando alojado cerca del «Sagrado Corazón» llegó una hora después del check out y el encargado tenía un marcado acento de árabe sobre el francés y Manuel le pidió que no le cobrara más, el gerente insistió pero García Estrada comenzó a enunciar frases: «Subḥān Allāh» , «Al-ḥamdu lillāh», «Allāhu Akbar», «Subḥāna Allāh», «Hamdullah» y el joven trabajador del lugar sonrío y le dio gracias por haber rezado y no le cobró.
Manuel dijo que estando en Florencia hablando italiano toscano entraba y salía de iglesias como local y en las tiendas le decían que los productos tenían precios para extranjeros pero para los nativos era otro, así que siempre tuvo rebajas, se mezcló en Venecia entre los comerciantes de un mercado de pulgas y así obtuvo información sobre lugares para comer y tomar café fuera del área de turistas.
En Barcelona, me contó, le fascinaba entrar a las tiendas y llevar muy breves conversaciones en catalán, la gente que le contaban era adusta o seria le sonreía, me dijo. Estando en Buenos Aires comenzó a hablar como los locales, él había ido a una boda pero dice que su actitud y su fonética precisa le hizo ser popular entre las señoras amigas de la madre de la novia, que lo alimentaron con facturitas, cortes de carne, choripan, de manera vasta mientras los señores lo tomaron como propio y le llenaban de vino y conversaciones sobre política y libros. Ríendo me contó una broma en la que se burla del complejo de inferioridad que impregna a muchos mexicanos: «estando en Buenos Aires encontré a gente que de verdad me valoraba, una señora de apellido Vulcano me dijo «Manuel, sos divino», estaba entre los míos» inundando el café con carcajadas.
Yo no sabía que que la lengua era sustancial para hacer amigos y comunidad, no la veía más que una comunicación humana, Manuel me hizo entender que iba todo más allá. Que a donde fueras trataras de integrarte y respetar a las personas locales, sus tradiciones y costumbres, hoy que escribo esto viendo a Europa en el debate de la migración recuerdo a Estrada Rococó y sus ideas que según compendí las forjó desde la primaria en una escuela en ciudad de México que era católica. Me contó que todo lo que aprendió en ese colegio lo pudo vivir cuando estuvo casi un año en el Canadá.
En Toronto Manuel me contó que iba a clases de inglés conversacional y tenía compañeros de todo el mundo, aprendió inglés con distintos acentos y mejoró su gramática especializándose en un curso de inglés para escribir ensayos. Me dijo también que tuvo una compañera que era inmigrante de Bosnia, eran los tiempos de la guerra de la caída de los países del Este de Europa. Ella le enseñó a saludar en serbio: «Zdravo, kako si?» al llegar a la oficina y responder: «Dovra».
A Rococó llegaba mucha gente de muchos lugares, Manuel saludaba en distintas lenguas, hacía ademanes de esas culturas, creo que por eso a mi y a muchos nos gustaba ese pequeño café que tenía un tipo multicultural y llevadero, no se ofendía por nada pero también ponía límites a los que querían pasarse de listos, algunos eran hispanoparlantes que vivían en Estados Unidos e iban a México por trabajo. Una vez me tocó ver como puso en orden a un venezolano. García decía que la comunicación intercultural la perfeccionó cuando estudió su carrera en el Tec de Monterrey, que había tenido a dos maestras prodigiosas, una que le hablaba de interculturalidad y la otra de análisis del pensamiento humano pero siempre antepuso algo que me parecía absurdo, de hecho ridículo, me decía que en la primaria católica iban unos jóvenes carismáticos a cantar alabanzas y que también cantaban una melodía que se llama «viva la gente».
«Viva la gente» es un grupo musical multicultural de Estados Unidos creado en los años 60, Manuel me contó que fue su primer leimotiv de vida, de adolescente la vida lo colocó en la posibilidad de ser parte de la agrupación pero el dinero para pagar por el programa educativo y de show no lo obtuvo. Tampoco le permitieron buscar una beca, pero pese a que fue para él algo doloroso en su momento jamás se resintió ni con la agrupación ni con la canción que me confesó que aún en su vida diaria cuando siente que se desmotiva la canta en su mente y sonríe sabiendo que hacer lazos con las personas es significativo y base de la felicidad compartida.
Rococó fue la primera cafetería de México de ofertar menús en español, inglés y francés. No existe otra aún hoy en 2026 que tenga ese perfil porque para ser multicultural me quedó claro que hay que ser como Manuel, un hombre abierto capaz de entender a los seres humanos por lo que son: Gente.
Nota: Manuel me contó que entre 1987 y 1988 él y unos cuantos amigos que querían irse al tour de «Viva la Gente» hicieron que el grupo fuera a Toluca, donde creció, 7 veces. Un récord que ninguna otra ciudad ha logrado presentando ese show en los campos de la General Motors y en el Teatro Morelos. Un esfuerzo de gran alcance para él y sus compañeros que no rebasaban los 20 años, eran 8 jóvenes que de los cuales solo uno pudo pagar por hacer esa gira. Me pregunto si los demás habrán seguido desarrollando ese amor por las personas de todo el mundo.
*Se les dice Uppies a los que tienen el espíritu de Viva La Gente y forman parte del tour o estuvieron en él, a los 8 de Toluca los veteranos de la agrupación los llamaron así «uppies»… pese a que no viajaron.
Letra de la canción «Viva la gente»
