Códice del Ángel: Entre el Museo de Antropología e Historia o un museo en las Grandes Montañas.
Josefina de la Fuente y Parra (CdMx)
En las sombras del tiempo, los códices mesoamericanos emergen como guardianes silenciosos de la historia, tejidos con pigmentos y símbolos que narran cosmogonías, linajes y saberes ancestrales. Estos manuscritos, pintados en amate o piel de venado, son puentes entre el pasado prehispánico y el presente, revelando la complejidad de civilizaciones como la maya, azteca y mixteca. Su importancia radica en preservar conocimientos astronómicos, rituales y territoriales que de otro modo se habrían perdido en la conquista española. Códices como el Dresde o el Borgia han iluminado el entendimiento de calendarios divinos y profecías, mientras que el Mendoza documenta la vida cotidiana bajo el imperio azteca. En un mundo donde la oralidad dominaba, estos documentos pictóricos fueron actos de resistencia cultural, codificando identidades ante la imposición colonial. Hoy, son tesoros UNESCO, inspirando estudios que desentrañan la fusión de mundos en la Nueva España.Pero entre estos legados, uno destaca por su singularidad: el «Códice del Ángel», dado a conocer en 2010 y reconocido por la Presidencia de la República Mexicana bajo Felipe Calderón.
El hallazgo, descubierto por Manuel García Sánchez y Tere Estrada Pérez, oriundos de Córdoba, Veracruz, conmocionó a Hispanoamérica. La prensa regional, desde México hasta Colombia, lo proclamó como un vínculo vivo con la Conquista, destacando su rareza en portadas de diarios como «El Universal» y «La Jornada», que lo describieron como «un tesoro oculto en madera». Imaginen la emoción: en una escultura de un obispo, tallada en el siglo XVI según el INAH, se halló envuelto un códice indígena. Traída de la península ibérica durante la expedición de Hernán Cortés, esta pieza de madera fue intervenida por manos nativas, que pegaron sobre su cuerpo un mapa o referencia territorial, posiblemente un registro de tierras sagradas o rutas ancestrales.
El «Códice del Ángel» no es solo un objeto; es un símbolo de sincretismo poético. La escultura, representando a un jerarca católico, envuelve un secreto indígena: un pergamino que podría detallar posesiones territoriales, un «lienzo» que evoca los códices lienzo como el de Tlaxcala. Su descubrimiento en ciudad de México, en el mercado de antigüedades del Ángel -de ahí el nombre haciendo tributo al espacio chilango que combina antigüedades, libros viejos y objetos novohispanos en la Zona Rosa-, por cordobeses -Córdoba es la cuna de tratados históricos como los de 1821 que dieron origen al Imperio Mexicano-, resuena con la fusión cultural de Veracruz, puerto de entrada al Virreinato de la Nueva España (¿Acaso la escultura entraría por la aduana del puerto en aquellos tiempos?) La prensa hispanoamericana lo celebró como prueba de la resiliencia indígena, con reportajes en «El País» de España y «Clarín» de Argentina, enfatizando cómo desafía narrativas eurocéntricas. En México, Calderón lo avaló en un comunicado oficial, reconociéndolo como patrimonio nacional, un gesto que elevó su estatus ante el escepticismo inicial de expertos.
Su unicidad radica en la hibridez: no un libro plano, sino una escultura tridimensional que oculta un mensaje. El INAH, tras análisis, dató la madera en el XVI, confirmando su origen ibérico y la adición indígena posterior, quizás como acto de preservación o rebelión sutil. Podría ser un mapa de tierras, similar al Códice Boturini, guiando a comunidades en la era virreinal. Este hallazgo humaniza la Conquista: el obispo, símbolo de evangelización, carga el peso de lo autóctono, recordándonos las vidas entrelazadas en guerra y fe. Hoy, la Asociación de Creadores para el Desarrollo Social AC vela por su futuro. Esperan restaurarlo con técnicas modernas, preservando sus pigmentos faded y madera frágil, para exhibirlo en un museo como el Nacional de Antropología o uno regional en Veracruz. Su exposición fija no solo educaría, sino que inspiraría diálogos sobre identidad, virreinato y patrimonio. En un México que busca reconciliar su pasado, el «Códice del Ángel» es un llamado emotivo: un ángel de madera que susurra verdades olvidadas, uniendo continentes en una narrativa de resistencia y esperanza.




Fotos : Rafael Palestino
Fuentes bibliográficas:
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- Boone, E. H. (2007). Cycles of Time and Meaning in the Mexican Books of Fate. University of Texas Press.
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- INAH (2010). Informe sobre piezas del siglo XVI. Instituto Nacional de Antropología e Historia, México.
- León-Portilla, M. (1992). The Aztec Image of Self and Society. University of Utah Press.
- Matos Moctezuma, E. (1988). The Great Temple of the Aztecs. Thames & Hudson.
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- Townsend, R. F. (2000). The Aztecs. Thames & Hudson.
