El café y el arte contemporáneo: narrativas que agotan

Jesús Acevedo Piña

En la cultura de consumo actual, el café y el arte contemporáneo comparten un rasgo paradójico: ambos han sido secuestrados por el exceso narrativo. La tercera ola del café elevó el grano a objeto de culto mediante la trazabilidad obsesiva: origen, finca, productor, notas de cata y, sobre todo, relatos casi trágicos de explotación, cambio climático y precariedad rural. El público, saturado, ha respondido con hartazgo. Ya no quiere leer la biografía del caficultor en cada etiqueta; quiere beber buen café sin lección moral. Aquí entra la cuarta ola, cuyo crecimiento es innegable.
Como señala Perfect Daily Grind (2022), esta etapa prioriza la escalabilidad y la inclusión: cafés de especialidad accesibles, innovación tecnológica, tuestes democráticos y experiencias sin elitismo.
Los discursos trágicos salen de escena por fatiga colectiva. El café deja de ser un activismo en taza para convertirse en placer cotidiano. Paralelismo exacto vive el arte contemporáneo.
Antonio García Villarán, en su manifiesto del hamparte, denuncia que gran parte de la producción actual es “el arte de no tener talento”: obras que solo existen gracias al relato curatorial, la declaración de intenciones y el discurso político-correcto. Sin técnica, sin belleza formal, solo concepto y victimismo. “El arte contemporáneo es un fraude”, sentencia Avelina Lésper en su libro homónimo: las piezas conceptuales dependen de un “ejercicio retórico” interminable que contradice la naturaleza del objeto.
El público paga entrada, lee el muro de texto y se va aburrido. El artista vive en burbuja endogámica; el espectador, excluido. Casa Lamm, con su Licenciatura en Historia del Arte y su biblioteca especializada en arte moderno y contemporáneo, ofrece el antídoto. Sus cursos recorren desde la Prehistoria hasta el Medievo enfatizando técnica, estilo, contexto estético y diálogo directo con la obra. No se trata de descifrar un manifiesto; se trata de ver, sentir y comprender sin intermediarios discursivos. La historia del arte tradicional —según el enfoque de Casa Lamm— valora la factura, la permanencia y la emoción inmediata, no la tragedia performativa ni la trazabilidad ideológica.
Así, tanto en el café como en el arte, el público exige un giro: menos narrativas pesadas, más experiencia genuina. La cuarta ola cafetera lo demuestra; el hartazgo ante el hamparte y el “fraude” conceptual también. El futuro será más sencillo, más democrático y, sobre todo, menos agotador.

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