Una ruta individual sin marcha atrás.
Manuel García Estrada
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Nací entre católicos y evangélicos, entre ateos y novaerenses, los últimos masones de mi familia murieron antes de que naciera, el Opus Dei dominó el terreno por el heroísmo en defensa de la fe en la persecusión religiosa y el genocidio que perpetraron el PRI y sus Generales revolucionarios.
Mi visión del mundo y la sociedad mexicana no vino de Televisa, al crecer entre mujeres combativas y hombres piadosos solo tuve el condimento socialista por el movimiento del 68 donde mi padre participó.
PRIMERA DIMENSIÓN.
Mi papá hijo de empresarios se casó con mi joven madre hija de personas de Bien. Él se hizo comunista por la UNAM, esa basura que fabrica más ideología que profesionistas competitivos, esa fábrica de burócratas y zurdos huevones que cuando yo era niño admiraba porque mi padre había egresado de esa Casa de Estudios y sí, se convirtió en burócrata, jamás fue empresario.
Mi abuelo Blas tuvo la suerte de tener tíos solidarios y se casó con una espectacular mujer empresaria. Mis abuelos todo lo construyeron con mucho trabajo y esfuerzo pero con una buena dosis de TDAH de mi abuela Esperanza; ella, arrojada y audaz sin conocimiento profundo, apenas llegó al cuarto año de primaria, logró cosas que ni sus padres soñaron.
Mi bisabuelo Eulogio Sánchez Victorero fundó Cosolapa, Oaxaca, con un suizo a principios del siglo XX, ya osados eran los Victorero desde Asturias, y en México venció su presente para desarrollar el campo. Fundó el rancho La Esperanza y mi abuela, la más pequeña de diez hijos ostentó el nombre de ese lugar que aún muerta sigue motivándome y llenándome de esperanza.
Blas era ateo, de siempre, camisa parda en los años 30, su abuelo y bisabuelo reposan en la Catedral de Córdoba a la que apoyaron mucho ($$), tanto que uno está en el Altar Mayor y otro en la Capilla del Carmen. Esperanza era una católica a medias que se sentía parte de la Iglesia pero distante ante los hechos de los hombres que la componen. La firmeza de mi abuelo fue de toda su vida, jamás oró, jamáz rezó, jamás creyó… en los tiempos más oscuros de la vida de ambos él no se movió para alguna capilla pero sus dedos de la mano se movieron sin que él lo quisiera y el Parkinson lo inundó. Esperanza por otro lado fue la madrina ($$) del gigantesco Cristo del pueblo llamado Presidio, hizo la capilla del rancho en donde entronizó a la Virgen de Guadalupe, cooperó con dinero y otras cosas con la Parroquia de San Nicolás de Bari en Córdoba. Reacia a la curia porque ya había puesto en su lugar a un padrecito del pueblo que andaba de caliente con una de sus sobrinas se mantuvo cerca de la Fe de España, más por su origen astur que por su propia decisión y no hay más cabezas duras que los astures o los gallegos, eso lo sabían hasta los romanos. En ese norte de España los celtíberos prefirieron los suicidios masivos a entregarse al poder del César.
Esperanza en los tiempos oscuros se hundió en un agujero negro del que salió para ir de la catolicidad a los Testigos de Jehová, los Evangélicos, los Mormones, la New Age con todo y sus ángeles, fue la primera del lado paterno mío en introducirse a la Metafísica y sacó de entre sus cosas del pasado los ritos masónicos de su padre. Algo ya traía la niña que no creció como el resto, testaruda y valiente creció aprendiendo de la escuela lo necesiario, su impronta más profunda fue una zarzuela a la que la llevaron de la escuela en Córdoba. Estaba de entenada en casa de familiares pero no dejaban de tratarla como sirvienta, por eso la historia de Harry Potter es tan fácil de entender para mi.
Esperanza Sánchez pudo ser Esperanza Potter.
En la casa de mis abuelos siempre hubo libros y debates de todo, literatura de la Segunda Guerra Mundial hasta libros de Salvador Borrego, jamás conocí en ese lugar la sumisión femenina. El fuerte liderazgo de mi abuela confundía a la demás gente que la veían muy atrevida y hasta masculina, la verdad es que era fan de María Félix, cosa que le aplaudo porque en vez de ser una seguidora de la pobrecita abuela de México, Sara García, ella tomó a la ruda, a la mienta madres, a la bella. ¿Quién diría que la Félix usaba a los hombres a su gusto y fue acusada de lesbiana cuando la verdadera lesbiana ahora tiene su foto en una marca de chocolates y que todos los niños beben?
Leí sobre la Segunda Guerra y conocí los nombres de Hitler, Stalin, Chrchill y Mussolini, la desgracia de las bombas atómicas y el cruel genocidio de Dresde, supe de las humillaciones masivas a los alemanes al perder la guerra y las sarta de mentiras de la judería desde los 6 años. Pero esta historia mía la detengo porque no permitiré que mi historia opaque a mi origen.
Esperanza me enseñó a ser veloz, inteligente, a cuestionar y dudar, a ganar debates y el arte de la sicología social. Sobre todo me enseñó a tomar café.
Ya en las bodegas del rancho mi abuelo Blas el nos permitía jugar en las montañas de café tostado «sin zapatos» para no quebrar los granos. Juro que jamás hubo algún bebedor del aromático que dijera que había un buqué a queso. Siempre usamos calcetines. En esa experiencia mis primos y yo estuvimos muy contentos, deben recordar más ellos porque son más grandes que yo.
Tomar café fue tema con Esperanza, lo hacía en una olla de aluminio bien buena, me la regaló y aún la conservo. Por eso tomo Chemex, porque me recuerda el sabor del que preparaba mi abuela. Cada mañana la recuerdo y me anima a seguir. Ella parecía que jamás se cansaba. Antes de saber que padecía TDAH yo le decía que no era Bipolar sino Multipolar, cambiaba su estado de ánimo en segundos y podía reconstruir universos en las mentes de quien fuera. Siempre supo cómo decirle a la gente qué hacer, cómo y cuándo.
Blas era muy callado, siempre fue así. A Esperanza eso le gustó de él y cuando se atrevió a hacerle una broma ella le puso un hasta aquí porque a ella le gustaba la fiesta, el baile, las risas, pero jamás que alguien se atreviera a intentar burlarse de ella. Era determinante.
Esperanza me llenó de anécdotas, de niña, me contó, jugaba con otros niños del rancho y en alguna ocasión uno de ellos, más grande de edad, calentó al fuego un largo clavo que al estar al rojo vivo le llamó la atención a mi abuela comentando que era un rojo muy bonito. El escuincle le dijo que si le gustaba el clavo rojo se lo regalaba, que lo tomara mientras él lo sostenía con unas pinzas. Cuando ella posó sus deditos en el clavo el niño jaló el metal caliente dejándole una marca eterna y un dolor intenso que con los días soportó. Finalmente ese ardor, esa sensación, desapareció pero el recuerdo jamás se fue. Hay niños malos y crueles decía, alertándome de los que hoy les llaman bulleros o «niño que hace bullyng», hijos de puta les llamo yo. También me enseño a defenderme de ellos y a no dejarme pisotear.
El carácter de «Esperancita» era muy rudo, la mula no era arisca, dicen, la hicieron. Alguna vez estalló, me contó, cuando su cuñada que la odiaba de una manera increíble la vio pasar por debajo del balcón donde vivía Lola, llevaba de la mano a Blas hijo y en la panza a Manuel, mi padre.
Lola se apresuró a arrojarle una bacinica llena de orines y mojones. Esperanza se inundó de ira y llevó a Blacito a la tienda del tío Pancho al que se lo encargó y al que le pidió un cuchillo.
-Esperanza ¿pero que te pasó?
– Lola me arrojó orines y caca, deme el cuchillo
– ¿Para qué quieres el cuchillo?
– Voy a matar a Lola.
Menos mal que el viejito era protector de ella y su sobrino Blas y la disuadió. Pero de que lo pensó lo pensó. Vaya ¿cómo es que una persona arroja caca y orines a una embarazada con un hijito de la mano? De por sí es un acto de la peor calaña como para no respetar a una madre con hijos. Sin embargo Esperanza debió aprender a ser condescendiente con ese tipo de personas y otras que el destino le tenía preparadas para joderla. Sin embargo, cuando se encontró con la peor persona que hubo en su vida y quien había jurado bailar sobre su tumba ella le otorgó el perdón. Maldito y bendito TDAH.
De su momento más oscuro no me toca escribir, no lo viví, no lo recuerdo, no lo conozco a profundidad, ese tiempo es como una enorme laguna negra de la que hay un silencio total.
SEGUNDA DIMENSIÓN.
Nacido en Oaxaca mi abuelo Mario era muy guapo. Dibujante y ayudante de arquitectos tocó la belleza de la creatividad para levantar casas o edificios, la remodelación del Palacio Municipal de Tuxtepec la hizo él sin cobrar honorarios, era su pueblo.
De Mario solo sé lo que se dice y dijo de él. Murió en 1967, cinco años antes de que naciera. Mi mamá lo amaba tanto que me hizo muy parecido a su papá, cosa que le agradezco porque la barbilla partida, el pelo ondulado, la nariz tan bonita, las cejas. En fin. Me parezco a él.
Mi abuelo amaba Tuxtepec y su región, amaba las artes y artesanías, vistió a mi bellísima madre de princesa, virgen María pero también de Tehuana y la hizo saber portar con orgullo el huipil más hermoso de todo Oaxaca, el de Valle Nacional. Mis padrinos fueron de ese lugar, uno era Chucho y una es Nela, jamás olvidaré el olor de aceite y fierro del jeep Charly de mi padrino de increíbles ojos azules y del carácter más bueno que jamás he conocido. Mi madrina es la paz, es el jardín que le creó el mago Howl a Sophie, pero esta versión fue para sus hijas y obvio, un cachito para mi. Cuando mi madre murió la madrina Nela me llamó para decirme que me acordara que yo tenía otra mamá y que era ella. Que no me sintiera solo. Una gigante. Me la imagino viendo los árboles de hule y oyendo el fluir del río. Sigue siendo mi pensamiento de lugar seguro y su voz resuena dentro de mi recordándome que soy querido.
Sí, otra madre. Debo decir que Nela era prima de mi abuelo Mario y que en Tuxtepec hay toda una colonia que lleva mi apellido: Estrada.
De toda esa familia vino a mi el protestantismo, unidimensionales. En esa religión no crecí en mi fe sino en mi aprender que la libertad de culto iba más allá que La Cristiada, jamás discutí con un solo miembro de mi familia reformista en toda mi vida, de hecho asistían a las misas de primera comunión o asistía yo por su invitación a congresos donde todos practicando sus ritos se acercaban a Dios. En esos eventos los vi llorar y sentirse contentos al cumplir la Palabra. Fui lector en la boda en «la Church» de Las Lomas cuando mi tía favorita se casó. Leonor. La más hermosa de todas mis tías, la más comprensiva, amorosa y que con su empuje nos llevaba a todos al ascenso social. Murió muy joven, en su coche, con sus pequeños hijos que se quedaron viéndola víctima de un derrame cerebral.
Crecer con protestantes ha sido de lo más enriquecedor de mi vida, junto al ateísmo militante y el catolicismo guerrero. Aprendí que el carácter y la Fe son capaces de mantenerte erguido, peleando, luchando, perdonando y construyendo mundos. Jamás recibí un solo mensaje en contra de la gente, el mundo, Dios o para destruir, jamás.
Mario era muy aficionado a escalar el Pico de Orizaba y formó parte de un grupo de alpinistas, también amaba la fotografía, conservo sus cámaras y miles de fotos que a veces no sé qué hacer para poderlas ver todas. El amor por el arte vino mucho muy fuerte de parte de él.
Carmen Juana del Consuelo Pérez Herrera – Aguilar era Kiki. Mi abuela materna que sabía tocar el piano, había ido a la escuela, sabía mecanografía y era la asuistente de su papá cuando introdujo la Pepsi Cola a Córdoba, su vieja máquina de escribir permanece viendo pasar a las personas que transitamos frente a su Evo.
Crecí muchos días y semanas con ella, me formó en la Fe, en el fervor mariano, me hizo saber desde muy niño que la masonería era cruel y había cerrado templos, asesinado curas y violado monjas. Me hizo observar muy bien a las personas y siempre me narró las historias de su madre, Guadalupe, Mamá Apy.
Kiki me hizo devoto de la Virgen de la Soledad de Córdoba. Una veneración que te marca como cordobés y te alivia en momentos dolorosos. Aprendí a entregarme a Ella. A levantarme a las 3:30 de la mañana de los sábados de Gloria para acompañar a la imagen de Nuestra Señora de los Dolores y de la Soledad en su regreso del monte calvario. A las 4 de la mañana los más fervientes y valiosos católicos del centro de la ciudad hacíamos «la Vía Dolorosa». Reflexionábamos sobre los sentimientos de María, ella, en su bellísima estampa de dedos entrelazados con lágrimas derramándose eternamente y ataviada con vestido negro portada un halo radiante.
Cada que entro a la Catedral de la Inmaculada Concepción de Córdoba paso a dos lugares: el Santísimo y a la Virgen de la Soledad, aprovecho también para agradecer a mis tatarabuelo y bisabuelo el apoyo que dieron a la Iglesia para tener tan hermoso templo.
El papá de Kiki, Manuel Pérez Carretero, fue mi primer proveedor de un libro. Él ya no estaba vivo cuando nací pero Carmela guardaba un bello libro de 1880: «El Hombre Hermético» con el cual fui creciendo. Cuando aprendí a leer llegaba a casa de mi abuela a leer cuentos de «Archie», «Gasparín» y por supuesto el viejo libro.
A los 10 años ya sabía convivir con ateos, católicos, protestantes, leía de historia y oía de política, un menjurge de liberalismo, cristianismo, sionismo, judería, nazismo, fascismo, comunismo, socialismo, hermetismo, de libertad de culto, de gobiernos opresores y pueblos decididos a defenderse de las tiranías, entre mis héroes había más bien heroínas, mis bisabuelas y abuelas.
Me contó Kiki cómo se reabrió la Iglesia de Córdoba, cuando miles de cordobeses y orizabeños unidos replegaron a los soldados que con fusil en mano amenazaban a los creyentes por el delito de tener Fe. Me dijo que cuando las misas clandestinas se hacían su casa Mamá Apy pasaba a saludar al Gran Maestro de la Logia Masónica vecina de la calle 2, al líder del Sindicato de Inquilinos -comunistas- que tenían sus oficinas en la misma calle y a unos priístas que también estaban instalados cerca, todos enemigos de la gente y de Dios. Después de saludarlos los invitaba a la misa y les decía a qué hora iba a ser. Ellos se iban media hora antes y jamás vieron ni oyeron nada más que a una mujer capaz de enfrentarlos.
En esos días la gente estaba igual de loca como lo están con la 4T, y cuando la gente se pone frenética es capaz de hacer locuras, como la que impidió Mamá Apy cuando al regresar de una junta católica para liberar a la ciudad encontró afuera de su casa a dos jóvenes sentados pasándose una pistola al verla llegar. Mi bisabuela, narró Kiki, les dio las buenas tardes y les pidió que se fueran, que no tenían qué hacer nada afuera de su casa y que sus pretenciones serían contraproducentes para ellos. La mirada de Guadalupe y su pacífica voz llena de advertencias los hizo alejarse. Así aprendí el valor del estoicismo.
Carmela coincidió con Esperanza al advertirme de que la maldad existe, que la gente mala existe. Me contó también que cuando un trabajador del Rancho Herrera -su rancho-, se accidentó lo trajeron a la casa de la ciudad para curarlo y que se recuperara, Mamá Apy estuvo muy pendiente de él y cuando se curó el joven desapareciendo dejando escrito en la pared «Doña Lupe hija de la chingada». Parece que aunque lo trataron bien la toxicidad socialista ya deambulaba contra los patrones en la sierra de Córdoba. Desde entonces aprendí que puedes tener un empleado o mano derecha y que éste se te puede voltear y traicionar tu confianza y hasta vociferar contra ti.
Cuando eso me ha ocurrido siempre recuerdo al herido de Rancho Herrera.
TERCERA DIMENSIÓN.
Manuel era un niño que para estudiar lo depositaron en un internado en Orizaba, Esperanza lo llevaba y lo visitaba de cuando en cuando, tuvo cinco hijos más. De entre todos solo «Mameyo» se mantuvo en el colegio, en la secundaria se fue a la ciudad de México y ahí pasó a bachillerato entrando después a la Facultad de Medicina en la UNAM. Fue el único de seis que llegó a la universidad, la siguiente generación llevaría a más al siguiente nivel.
La escuela de Manuel estaba en donde está el parque Bicentenario, de hecho ese espacio era el jardín de su colegio en donde decían que se aparecía un monje bajo un árbol. Junto a la escuela el ex convento de San José de Gracia era vecindad y de todo, entre ese universo había una panadería que tenían un par de ventanitas que daban al centro educativo por donde él y su amigo Pepe le pasaban al pandero una moneda y éste les daba pan hasta que un día sin decir nada y de curiosos se quedaron viendo trabajar al hombre mientras amasaba y vieron como para secarse el sudor de la espalda sintiendo una refrescante sensación se palmeaba la espalda con la masa. Desde ese día dejaron de comprarle pan.
Mi papá lleva el nombre de su abuelo Manuel. Yo llevo el Manuel por mi papá, mi bisabuelo y mi tatarabuelo de distintas casas. Dios está con nosotros desde hace más de 150 años a través del bautizo.
«Mameyo» regresaba al pueblo de vez en cuando, cuando estaba ahí gustaba de hacer exploraciones, había leído de niño «Las aventuras de Tom Sawyer» de Mark Twain y eso lo movía desde sus adentros para internarse en cavernas, caminar en la sierra, aprender un poco de náhuatl, el indispensable para hacer negocios con los indios de la zona baja de Zongolica y su afición fue por lo prehispánico, armó un museo en una habitación de la casa de sus papás y logró hallar cientos de piezas que fueron registradas ante el Instituto Nacional de Antropología e Historia y donadas al Museo de Antropología del Estado de México donde se exhiben de manera permanente al menos 40 de sus piezas. Por este coleccionismo de mi padre conocí de niño las culturas olmeca, mexica, totonaca, zapoteca, mixteca y maya.
Cada fin de semana durante mucho tiempo entre 1976 y 1981 mi papá nos llevó al Museo Nacional de Antropología en Chapultepec tantas veces que me aprendí todo lo que decían los guías del lugar y a veces tenía yo mi propio grupo de turistas escuchando como repetía todo lo que había aprendido, esa gente no sabía que también de memoria podía decir todo lo que el disco del cuento de «Heidi» narraba -1978-.
Mi papá siempre tuvo libros, en esa época también leí a Twain y más de la guerra, de Salvador Borrego y de Alberto Ortiz Colina, de Cosolapa, Oaxaca y amigo de mi abuelo Blas. A los 9 años supe del mundo precolombino mientras trataba de bailar como «Paso Doble», aprendí del valor del patrimonio y de lo importante de preservar las colecciones. Estoy seguro que si el maldito gobierno no hubiera hecho de la afición por la antropología un delito yo estaría combinando mis pinturas, fotos y ibros con copones mixtecas o caristas sonrientes del Totonacapan. Yo no conocía a ningún otro coleccionista en mi niñez más que a mi papá y a una hermana de mi abuelo Mario: Lola, que tenía una de mariposas del Papaloapan. Con su muerte todas las mariposas creo que se hicieron polvo porque no supe más de ellas.
Teresita Patricia Pérez Estrada y Herrera nació un 17 de marzo de 1950 y su nacimiento marcó mi vida, no solo me parió a los 22 años, me hizo Ser.
Jamás he visto niña más bella que mi madre, apenas algunas europeas o gringas pero nunca a una con esa hermosura única que se anunciaba descaradamente al mundo con dos ojos de azul cielo coronados por unas arqueadas y pobladas cejas negras. Era una muñeca.
Cuando mi madre sobrevivió al aneurisma que la mató en 2016 hablaba con ella de muchas cosas y alguna vez le pregunté que si fuera posible regresar el tiempo qué edad le gustaría tener. Su respuesta me dejó helado: a los tres años.
Es decir, mi madre tuvo su momento más intenso de felicidad antes de ser adolescente, antes de ser mujer, antes de ser mi madre, la empresaria, la benefactora. Desde ese día siempre me dirigí a ella de manera paternal, siempre le decía al llegar ¿cómo está mi muñeca? ¿Cómo está la muñeca de esta casa? Ella sonreía y me observaba antes de que me le acurrucara para que con la única mano que podía mover me acariciara la cabeza haciéndome el hombre más feliz del universo.
Me acariciaba la cabeza mi muñeca, la que yo hacía sentir niña pero que era mi mamá.
Mi bisabuelo Manuel tenía advertida a su hija Carmela que debía tener a su nieta Teresita siempre bien arreglada para lucirla por el centro de la ciudad cuando iba al Banco de Córdoba. El abuelo presumía de la belleza de la creatura que matricularon en el Instituto Plancarte de donde fue mascota en los desfiles y abanderada más tarde.
Más de 600 fotos hay de Tere, vestida de Tehuana, jarocha -de vestido color azul por sus ojos-, uniformada del Plancarte, ataviada como Audrey Hepburn, impresa en el periódico «El Mundo» como una «chica de la nueva ola». En fin, es un universo de imágenes que no logro aún poner en un solo archivo ni físico ni mental. Cada que ve sus fotos mi corazón palpita entre alegría, ternura y dolor, la verdad es que siempre acabo llorando. Podría ser ícono para culto.
A los 17 años Tere perdió a su papá y a su hermana Lilí, quedaron solo ella, Carmela y el pequeño Mario. Su mamá pasó dos semanas en el mes de mayo acostada y tapada con cuanta cobija había en los calores cordobeses, ella y su hermanito la acompañaban en silencio, la veían tendida con los dos duelos más profundos de la vida al momento: pérdida de pareja y pérdida de hija. Mi abuela Kiki me narró que en esos días bajó un poco la cobija y vio a sus dos hijos observándola, se le volvió a partir el corazón pero se levantó. Había que seguir porque esa familia no estaba muerta, solo partida.
LA CUARTA DIMENSIÓN.
Mi abuela Kiki rentaba unos departamentos y a uno de ellos llegó a vivir Genoveva. Su inquilina tenía visitas de una señora arreglada al estilo de María Félix y con carácter fuerte. La observaban también Lilí y mi mamá.
El saludo de cortesía, el pelo rubio de Lilí, los ojos azules de mi mamá, no pasaron desapercibidos para la señora elegante que llegaba de visita a ver a Genoveva que era su prima.
El tiempo pasaba y Kiki conoció a Esperanza que acabó convirtiéndose por petición de Lilí en su madrina de primera comunión. Mi destino estaba marcado por esas dos señoras.
Esperanza conoció al guapo abuelo Mario, le dijo a Kiki que fueran a su rancho en Cosolapa y así, con naturalidad, las familias se hicieron amigas, así fue como mi padre conoció a mi madre.
Mario, Kiki, Tere, Lilí y Mayito iban de picnic a Cosolapa, al río, con Esperanza, Blas, Blas hijo, Pancho, Beto, Manuel, Pelancha y Josefa a la que le decían Popi. Pareciera que Dios determinaba que a través del agua, la naturaleza y las risas tendría que salir un algo que no solo conduciría el conocimiento e historia acumuladas sino el mismísimo pandemonium emergería de los rituales de familias que sin saberlo crearon lo que estás leyendo.
Tere y Manuel solo se veían de pronto en el rancho, en los días de campo, sin mayor relevancia. Se fueron, como diría Antoinne de Saint Exuperi en «El Principito», domesticando desde 1961 o 1962 hasta cuando en 1965 se hicieron novios. Ella de 15 y él de 22. Bendita juventud en los años sesenta y justo con el tiempo necesario anticipado del desastre de la muerte de Mario y Lilí.
Manuel estaba ya en la universidad y desde que pudo le habló a Tere de sus piezas arqueológicas que había colocado junto a un muro cerca de los asoleaderos de café, enfrente del beneficio en «La Esperanza». Le contaba de sus exploraciones y de cómo en en la cueva de Juan Sánchez, ubicada en Almilinga, Oaxaca, entró para ver si hallaba copones o ídolos de barro. Es justo en esa caverna, donde ahora los nativos asisten como parias que son a conocer algo que les maravilla y que apenas descubren como algo turístico, pinches nacos, los hay en todos lados y no saben ni de historia ni de sueños, solo de selfies.
En la cueva de «Juan Sánchez» Manuel entró, dice, en 1963, después de permanecer un rato dentro se sentó sobre una roca y sin pensar en nada comenzó a iluminar con la linterna todo sin buscar algo, para su sorpresa al iluminar el techo el nombre de Manuel García Fernández estaba ahí, sí, el nombre de su abuelo paterno, en una anotación de 1910.
Otra historia que provocó en Tere admiración fue de cuando en otra exploración Manuel y sus acompañantes se introdujeron en esas oscuridades cuando de pronto él cayó en un pozo en medio de la nada por susto de sentir murciélagos pasar entre ellos. Al caer en el agua buscó de dónde asirse y cuando sus manos tocaban el barro de las paredes sintió un hueco y metió la mano derecha y tocó algo. Era un copón.
Los gritos en la superficie llamándolo lo hicieron responder y enseguida la luz de varias linternas lo apuntaron, le dijeron que arrojarían un lazo. Para la sorpresa de los que se convirtieron en rescatistas es que lo primero que salió fue la pieza que era un sahumerio con cabeza de murciélago, después lanzando otra vez la cuerda emergió Manuel. La icónica pieza desapareció con los años, aún yo pude conocerla. Nadie sabe dónde está. Lo que se sabe es que en Día de Muertos hay quien la llena de copal y usa de manera sacra para dar la bienvenida a los que de Cielos e Infiernos llegan entre los árboles de aguacate y mango, los clerolendos y pasionarias.
Tere entró a la recién estrenada carrera de Nutrición en la Universidad Veracruzana, ello ocurrió enseguida de la muerte de su padre y en el otoño de 1967 ella, Kiki y Mayín estuvieron en el puerto de Veracruz viviendo en la calle 5 de mayo en un departamento frente a un parquecito. La vida había cambiado estrepitósamente para ellos, el vacío profundo de perder a la pareja e hija, padre y hermana, los hacían sentir una enorme tristeza que de vez en cuando se aliviaba un poco cuando Luis, el primo con quien creció Teresita y que estudiaba en la Escuela Naval, los visitaba. Fue en esos tiempos cuando el cielo se iluminó a media noche acompañado de un fuerte sonido de explosión. Al otro día el mar «parecía gelatinoso» decía mi mamá, el rumor de una detonación de una bomba atómica corría desde los pasillos de la Naval hasta entre las mesas de La Parroquia.
En la secundaria de ciudad de México Manuel había conocido a Jhony Laboriel y Tere mientras tanto escuchaba a Enrique Guzmán de quien se hizo fan, ambos compartían el gusto por The Beatles, la canción que más amó Teresita era «Michelle». Pasarían décadas para que la escuchara cantada en vivo por Paul MacCarney en el Autódromo Hermanos Rodríguez o Foro Sol en la ciudad de México.
El amor de ambos por el rock and roll, la marimba, los sones jarochos, la salsa crearían una espectacular mezcla que se coronaría cuando alrededor de 1990 se hicieron asiduos asistentes a los conciertos de la sala Felipe Villanueva en Toluca, escuchando y aprendiendo lo mejor de la música clásica. Así la melomanía es apenas una raíz más de la existencia y luz entre mis sinapsis.
Si Kiki había estudiado piano, redacción, mecanografía, catecismo, latín ya lo haría en su tira de materias Teresita en el Plancarte, aunque no desarrolló talento para tocar instrumentos porque ya era un arte manejar la belleza estudió griego, inglés y civismo. Muchas cosas que en la actualidad les parecen ridículas a los pelados. ¿Pero qué esperar de la gente que no sabe ni cómo llevarse un vaso a la boca? A lo largo de los años Tere se hizo optometrista, estudió historia del arte, iconografía del barróco y fue parte también de las actividades familiares desde su matrimonio en 1971 como Astronomía, Expresión Oral, y por supuesto supo usar su herencia empresarial para manejar una pequeña pero amable y funcional óptica en la avenida Juárez desde 1986 hasta que quedó imposibilitada de moverse libremente, era la «Óptica Reflex» que solo tuvo dos direcciones sobre la misma Juárez.
Tere se fue al hospital una mañana de marzo de 2015 después de la muerte de quien considerara su otro papá, el hermano de Mario, el tío Pepe. Un excelente sujeto con una familia en toda la extensión de la palabra, ahí, entre ellos, estaba Leonor, mi tía favorita.
